/Fuente: Colegio de Veterinarios de la Provincia de Buenos Aires /
Desde el Colegio de Veterinarios de la Provincia de Buenos Aires (CVPBA), en esta oportunidad buscamos visibilizar las problemáticas que enfrentan los veterinarios/as día a día. Conversamos con Vera Barrantes, veterinaria que el año pasado vivió un episodio de violencia en su hogar.

A continuación, Vera nos cuenta su a experiencia:
El caso que viví fue particular y, aunque difícil, es una situación común en profesiones donde la exposición pública es constante. Es algo que uno debe aceptar al ocupar estos roles: no se puede conformar a todos. Siempre hay una minoría ruidosa que está en desacuerdo y cuestiona constantemente. Esta exposición nos hace más visibles y vulnerables al juicio de los demás, y eso fue exactamente lo que experimenté.
El impacto emocional fue profundo. Durante semanas, me encontré cuestionándome muchas cosas. ¿Dónde estaba el límite? ¿Qué sucedería si las agresiones traspasaban lo verbal y afectaban a mi familia o a mi entorno más cercano? Fue un desafío enorme, pero el apoyo de mis colegas y de personas de mi entorno fue invaluable. Llegaron mensajes de solidaridad que me llenaron de orgullo por mi profesión. Ese respaldo me dio la fuerza para superar un episodio que no solo fue angustiante, sino que también me reafirmó en mi vocación.
En el ámbito de la veterinaria, no es raro enfrentarse a situaciones complicadas. Hay clientes prepotentes o personas que no aceptan que algunas cosas no tienen solución. Sin embargo, tener a mi hermana como compañera de profesión ha sido un pilar fundamental. Juntas hemos aprendido a manejar estas situaciones con más fortaleza y a valorar el reconocimiento y el afecto de quienes realmente entienden y aprecian nuestro trabajo. Aunque a veces las agresiones, especialmente en redes sociales, pueden ser desalentadoras, estas experiencias también nos recuerdan por qué amamos lo que hacemos.
Después del episodio, tomé las medidas necesarias para protegerme. Realicé la denuncia policial y conté con custodia durante diez días. Además, el colegio me ofreció apoyo legal y recursos para enfrentar las difamaciones en redes sociales. Este respaldo fue esencial para poder manejar una situación que llegó a tener implicancias penales y que requirió la intervención del abogado del municipio.
En ese momento, trabajaba como referente de zoonosis, un puesto que aún conservo. También gestionaba un refugio canino, que posteriormente fue cerrado debido a los conflictos generados, aunque esto nos permitió redirigir los esfuerzos hacia un nuevo proyecto. En septiembre, inauguramos el Centro de Zoonosis en Pringles, el primero en la región. Este espacio representa un gran avance, enfocado en la educación, el control de enfermedades como rabia y dengue, y la implementación de castraciones masivas.
Hoy, contamos con un equipo dedicado y profesional: veterinarias cirujanas, ayudante quirúrgica, colaboradores en el sistema TNR (capturar, castrar, chippear, vacunar y devolver), personal administrativo y de apoyo general. Este equipo nos ha permitido construir un proyecto sólido que busca abarcar más enfermedades zoonóticas y, al mismo tiempo, concientizar a la comunidad. Desde finales de septiembre, trabajamos en un espacio cómodo y funcional que refleja nuestro compromiso con la salud animal y la sociedad en general.
El camino no ha sido fácil, pero me ha permitido descubrir la fuerza que surge en los momentos más difíciles. Ser veterinaria no solo es mi profesión, sino una vocación que, a pesar de los desafíos, sigue llenándome de orgullo. Hoy más que nunca, estoy convencida de que la resiliencia y el trabajo en equipo son las claves para superar cualquier adversidad y seguir construyendo un futuro mejor para nuestra comunidad.