/Fuente: Federación Bioquímica de la Provincia de Buenos Aires – FABA Informa/
Por Dr. Claudio H. Cova, Presidente de la Federación Bioquímica de la provincia de Buenos Aires

La filosofía de la inercia no es una doctrina única y cerrada, sino una idea transversal que aparece en distintos momentos del pensamiento para explicar por qué las cosas tienden a permanecer como están, incluso cuando el cambio parece necesario o racional.
Puede entenderse en tres grandes planos: físico, psicológico y social–político.
El concepto de inercia surge en la filosofía natural y luego se enriquece con la ciencia moderna.
Para Aristóteles, el movimiento requería de una causa continua: sin impulso los cuerpos se detenían. Con Galileo y Newton la inercia se redefine “Un cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento rectilíneo uniforme mientras no actúe sobre él una fuerza externa”.
Esto introduce una idea clave: el cambio no es lo natural, lo natural es la continuidad. El cambio exige una razón, una fuerza, una ruptura.
Como vemos en nuestra realidad desde hace años el sistema de salud argentino sufre de inercia crónica, aún en situaciones (la pandemia por COVID 19) de ruptura, exigencias extremas o condiciones límites.
Cambios de gobiernos, cambios de funcionarios, alternancia de legisladores y no tenemos una mínima señal hacia la transformación que necesitamos.
Si lo vemos desde la óptica de los prestadores la lista es inacabable: deterioro de las condiciones de trabajo, pauperización de los honorarios profesionales, acceso cada vez más dificultoso a las nuevas tecnologías, y la lista sigue.
Si la observación es como usuarios: una brecha cada vez más amplia de acuerdo a la posibilidad de pago, deterioro de las obras sociales y empresas de medicina prepaga con servicios cada vez más limitados, calidad de prestaciones y tiempo de atención en caída libre.
Mientras tanto la inercia como una sombra negra que envuelve y amenaza.
En filosofía y psicología, la inercia se usa para pensar el ser humano. David Hume ve el hábito como una fuerza que organiza la experiencia, tendemos a repetir conductas no porque sean buenas, sino porque son familiares. La inercia como comodidad cognitiva.
Sartre habla de mala fe y sacude un poco el avispero: permanecer en roles y excusas para evitar la responsabilidad de elegir, la inercia es huida de la libertad.
Cambiar implica angustia; seguir implica tranquilidad aparente.
Nada es más fácil para un dirigente gremial, político, o del ámbito que abarquemos, que permanecer en el encierro y la comodidad de la inercia, del no cambio, de la aparente seguridad que da el no tomar las decisiones que hay que tomar, de asumir riesgos, de ser responsable de un nuevo modelo.
Persistencia de estructuras injustas
La filosofía social dice que la inercia explica la persistencia de estructuras injustas, la inercia como reproducción automática del orden existente.
Hegel observa que las instituciones sobreviven más allá de su sentido original, Marx analiza que las reacciones económicas se reproducen automáticamente, Hanna Arendt muestra cómo la rutina y la obediencia sostienen sistemas opresivos.
La inercia como modelo nefasto que no permite asomar a la luz a los postergados, y mantiene en una incómoda normalidad a una comunidad ciega, sorda y muda.
Para qué arriesgarse a cambiar si en esta mediocridad estamos tranquilos, como si la tranquilidad fuera solo la ausencia de caos, y no el adecuado y merecido bienestar de las sociedades.
¿Somos responsables de lo que no cambiamos? La inercia claramente no es neutral: no decidir, no actuar, no cuestionar es también de una acción. Y de un efecto casi letal.
La inercia como complicidad, negligencia, como miedo racionalizado.
La realidad –material, humana y social– tiende a conservarse. El cambio no ocurre por sí solo: exige conciencia, esfuerzo, ruptura.
Combatir la inercia fue el primer paso de revoluciones y emancipaciones. Seguramente la inercia tiene más víctimas en su haber que las que las guerras dejan en sus campos de batalla.
Proyectos superadores
La realidad nos abofetea a cada paso en nuestro sistema de salud, la inercia es la enfermedad terminal más cruel, nada cambia, nada evoluciona y la postergación de las prioridades avasalla una y otra vez el futuro.
Nosotros combatimos la inercia con nuestras armas: proyectos, aspiraciones de superación, accesibilidad a la calidad y la formación, nuestro flamante laboratorio de alta complejidad.
A nuestro modo y costumbre expresamos la rebeldía de lo distinto, como principio fundamental tenemos el de mirar al otro como objetivo del cambio.
Nuestro modelo institucional combate la inercia con las armas más nobles que tenemos a mano: la unidad, el trabajo, el compromiso y la pasión por lo que hacemos.
La inercia sólo la podemos combatir si la identificamos como uno de nuestros mayores enemigos, estamos seguros del horizonte hacia el que vamos, y sabemos que no estamos solos en este camino.
La inercia nos motiva y desafía, pero sabemos que juntos siempre llegaremos a doblegarla una vez más.