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Científicas del CONICET La Plata estudian cómo afecta la malnutrición materna el cerebro de bebés en gestación

/Prensa CONICET La Plata/



Abordan el problema desde investigaciones en poblaciones humanas, bases de datos públicos y trabajos experimentales

Reversibles o no, de corto o largo plazo, cognitivas, motoras, y la lista sigue. Así de diversas pueden ser las consecuencias de la malnutrición en una mujer embarazada sobre el desarrollo del cerebro de su bebé en gestación, una etapa crítica de la constitución de ese órgano. “Los efectos van a depender del tipo de nutriente que falte y su duración, del momento de formación en que se encuentra el feto y los procesos que están ocurriendo, o si la restricción alimentaria continúa más allá del nacimiento”, enumera Paula González, investigadora del CONICET en la Unidad Ejecutora de Estudios en Neurociencias y Sistemas Complejos (ENyS, CONICET-UNAJ-HEC), donde lidera un laboratorio que lleva adelante investigaciones sobre este tema con énfasis en el déficit de proteínas, uno de los más comunes en poblaciones vulnerables de países en desarrollo como la Argentina.

“Otra cuestión que se observa en general en toda América Latina es una alta prevalencia de malnutrición crónica, es decir que es una condición presente desde mucho antes del embarazo, y se sabe que uno de los efectos que arrastran las generaciones con este problema es una baja en la talla más que en el peso”, señala la especialista. En base a distintos estudios a nivel mundial, se ha visto que, incluso recuperando esas medidas a lo largo de la niñez y alcanzando un aprendizaje y habilidades consideradas normales para la vida adulta, esa carencia de nutrientes sufrida en la primera infancia puede tener consecuencias a muy largo plazo, como un aumento en el riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas como diabetes o presión arterial, o una mayor predisposición a padecer demencias o deterioros cognitivos en el envejecimiento.

Con resultados sorprendentes, días atrás se publicó en la revista científica PLOS ONE un estudio que González lideró en colaboración con investigadores extranjeros. El trabajo se llevó adelante sobre un grupo de 140 mujeres con sus hijos pertenecientes al pueblo Masai, en Tanzania, al este de África. El interés por esta etnia reside en una práctica cultural por la cual las embarazadas reducen la ingesta de alimentos prácticamente a la mitad durante el último trimestre para limitar el crecimiento del bebé y de esa manera disminuir los riesgo asociados al parto, teniendo en cuenta que viven muy aisladas y no tienen acceso a centros de salud o controles prenatales. Los datos fueron aportados por parteras locales que brindaron información sobre la dieta de las madres, el peso y perímetro cefálico de los recién nacidos.

Si bien una hipótesis muy extendida en la literatura científica indica que el crecimiento del cerebro sería uno de los procesos menos afectados en comparación con otros tejidos, gracias a la activación de una serie de mecanismos tendientes a preservarlo frente a factores ambientales adversos, la realidad de la población analizada mostró algo diferente: “Contrariamente a lo esperado, nos encontramos con que el perímetro cefálico se reducía de manera significativa en los bebés con respecto a las medidas estándar”, comenta González. “Lo que sucede –continúa– es que las causas de un bajo peso al nacer pueden ser muchas, y no es lo mismo que sea por una insuficiencia placentaria o problemas de circulación de la madre, a que sea debido a una restricción de alimentos en general, como en el caso de las mujeres tanzanas. Esto no indica que no se pongan en juego mecanismos compensatorios de las deficiencias, pero quizá no son suficientes”.

A nivel nacional, el equipo llevó a cabo un importante estudio basado en datos de 34455 mujeres incluidas en los Programa Sumar y su antecedente Plan Nacer –políticas públicas de acceso a servicios de salud para personas sin cobertura formal– entre 2006 y 2014. Analizando las medidas de los niños venidos al mundo en ese lapso, concluyeron en que un 5 por ciento presentaba un perímetro cefálico inferior a los rangos normales y que, si bien en los primeros cinco años de vida gran parte de ellos alcanzaba valores esperados para su edad, en general eran chicos que se mantenían por debajo del resto. “Tener registro del recorrido desde la gestación o el nacimiento y continuar el relevamiento de información de manera longitudinal es fundamental para conocer las trayectorias y poder establecer si hubo períodos de restricción de crecimiento o de recuperación”, apunta Jimena Barbeito, investigadora del CONICET en la ENyS.

El próximo paso del grupo en esta línea consiste en un proyecto mucho más completo y ambicioso que se pondrá en marcha el año que viene en colaboración con los Centros de Atención Primaria de la Salud (CAPS) del Conurbano Sur. El trabajo incluirá un seguimiento de las mujeres embarazadas que se atiendan allí, que comprenderá información sobre sus hábitos alimenticios obtenidos a través de entrevistas nutricionales, junto con la recolección de datos antropométricos como peso, talla y pliegues subcutáneos para tener en cuenta la composición corporal. Lo mismo se hará con los bebés, cuyo desarrollo visual, motor, cognitivo y de lenguaje se evaluará al cumplir un año con el objetivo de correlacionar las medidas de nacimiento con la adquisición de habilidades durante los primeros meses de vida.

“Estudiar poblaciones humanas es complejo porque el problema no es solamente la malnutrición sino que se combinan muchos factores como falta de acceso al agua potable o exposición a ciertas enfermedades. Y aquí es donde aparece la importancia de los estudios experimentales, es decir de laboratorio, que nos permiten trabajar en condiciones controladas y separar lo que es atribuible puramente a la ingesta de alimentos de aquello relacionado a cofactores de la pobreza”, describe Barbeito, y destaca la ventaja de poder analizar cambios a nivel celular imposibles de observar en personas. Solo de esta manera, las científicas consiguen aplicar restricciones de distintos nutrientes en diferentes etapas del desarrollo embrionario y luego probar estrategias de intervención para la compensación del crecimiento retrasado.

“Puntualmente, trabajamos con dos modelos en cuanto al tipo de nutrientes que se restringe: por un lado, nos centramos en la falta de proteínas, por ser muy prevalente en poblaciones humanas; y por otro, en déficit de alimentos total, es decir de carbohidratos, grasas, vitaminas y minerales”, explica la científica. En este sentido, en uno de los proyectos lograron simular una malnutrición crónica reduciendo la dieta de los animales antes y durante la preñez, y posteriormente, en el momento de la lactancia. El experimento permitió comprobar que en estos casos lo último que se afectaba eran los tejidos del embrión, mientras que primero aparecían cambios en la placenta y en el peso corporal de la madre, evidenciando la puesta en marcha de mecanismos de amortiguamiento del daño en la descendencia. El trabajo también mostró que algunas regiones del cerebro son más susceptibles que otras, algo que, confían las investigadoras, serviría para comenzar a pensar qué funciones se verían más perjudicadas y qué estrategias se podrían desplegar para sostenerlas.

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