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«La otra pandemia», la opinión del Dr. Claudio Cova, Presidente de la Federación Bioquímica de Buenos Aires

/Difusión Federación Bioquímica de la Provincia de Buenos Aires / Por Dr. Claudio H. Cova Presidente de la Federación Bioquímica de la provincia de Buenos Aires


El 19 de marzo de 2020 quedará marcado, en nuestra historia personal y en la de nuestro país, como el día del inicio oficial del aislamiento por SARS-CoV-2, el virus responsable del COVID-19. Pocos días antes, el 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) había declarado al COVID-19 como una pandemia. Desde entonces, la enfermedad ha llevado al contagio de más de 500 millones de personas en casi 200 países y ha ocasionado el deceso de más de seis millones de personas en todo el mundo. Lo peor de todo es que esto no ha concluido.

Las mutaciones y la evolución del virus a gran velocidad han dificultado a nivel mundial el retorno a las actividades “normales” pre pandémicas.

Ahora la lucha es por predecir cómo las mutaciones del SARS-CoV-2 alterarán la forma de transmitirse y la gravedad del virus.

Sabemos que una de sus fortalezas para el contagio es la cantidad de personas asintomáticas que lo propagan sin saberlo.

En este contexto y bajo las medidas oficiales, el país estuvo desde ese 19 de marzo de 2020 en una cuarentana casi sin parangón en otros países del mundo.

No sólo se paralizó la actividad económica y social, también ocurrió con la educativa, la cultural, la religiosa y cuanta situación requiriera la presencia de un grupo de personas.

En el sector salud el golpe fue casi mortal. En los anuncios oficiales y en las palabras de nuestros gobernantes pasábamos a ser los nuevos héroes de una sociedad necesitada de compromiso, responsabilidad, seriedad y profesionalidad, valores que para los trabajadores de la salud son parte de nuestras vidas desde que ponen un título universitario en nuestras manos.

Como siempre ocurre todo lo que sube sin sustento y sólo a través de pirotecnia verbal que sirve de helio para un globo sin destino, ni rumbo, quedó en un puñado de palabras tibias que se fueron congelando con el correr de los meses.

Descubrimos la otra pandemia, una paralela a la de COVID 19. La de las promesas incumplidas, la de la degradación de los valores, la de la mentira.

Vimos cómo todo aquello que pensamos que iba a poner al país de pie y definitivamente unido, construyendo un horizonte esperanzador, se desmoronaba ante la realidad.

Vacunatorios VIP para los que no la necesitaban y vacunatorios inexistentes para los que se jugaban la vida, faltante de insumos, test rápidos a cuentagotas para el sector privado y en abundancia para el Estado, información recortada para que no sepamos lo que ya sabíamos.

La Argentina en su laberinto de posibilidades desaprovechadas, de sueños postergados, de proyectos tapados de burocracia y desilusión.

Reforma del Sistema de Salud

Se empezó a plantear la reforma del Sistema de Salud en el peor momento para hacerlo y otra vez desde el discurso vacío y simplista. La brecha entre los que acceden a una salud digna y los que tienen que hacer colas a las cinco de la mañana con un bebé en brazos la crearon los mismos que ahora hablan de un Sistema mejor pero no dicen cómo implementarlo. Es muy fácil hablar y ponderar la salud pública como camino a recorrer, cuando después les ocurre algo y terminan en el Hospital Austral o la Fundación Favaloro.

Tratemos de aprender de lo sucedido, ante la muerte no hay diferencias sociales, ni económicas, ni culturales. Pongamos todo sobre la mesa y discutamos en serio hacia dónde queremos ir. Pero por sobre todo escuchemos a los que saben, a los que desde hace años piden a gritos un cambio, desde la sensatez y la responsabilidad, y muy especialmente desde el conocimiento y la experiencia.

El COVID -19 ya está bastante controlado, medidas de prevención más que probadas, la vacunación como herramienta más poderosa y mucha información.

Lo que hasta hoy no tiene cura es la otra pandemia, para la que no hay vacunas, la que no tenemos noción cómo tratar ni prevenir, la que nos condena cotidianamente, esa a la que le ponemos desde cada laboratorio el cuerpo todos los días, la que esperamos algún día podamos definitivamente vencer, esa es nuestra lucha y de ninguna manera vamos a claudicar.

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