/Fuente: Federación Bioquímica de la Provincia de Buenos Aires
Florentino Ameghino: 142 años después, la ciencia actual lo reivindica
El agua que no supimos gestionar

Vista aérea de la cuenca del Río Salado, provincia de Buenos Aires

Director: Dr. Horacio Micucci Directora del Área Ambiental: Mgr. Lic. María Constanza Munitis
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Por Horacio Micucci 1
En FABAinforma anterior tratamos de dar una visión somera del calentamiento global antropogénico (es decir, originado en determinadas actividades humanas) y su consecuencia: el cambio climático producido por las formaciones económico- sociales dominantes en el mundo. En este número es una obligación reivindicar a Florentino Ameghino quien, hace 142 años, planteó problemas y soluciones acertadas a la luz de los datos con los que contamos hoy. En efecto, en 1884, sin satélites ni modelos computacionales, sin datos oceánicos, Florentino Ameghino publicó un texto que es un diagnóstico científico de gran precisión sobre el problema hídrico bonaerense. El título era casi un manifiesto: “Las secas y las inundaciones en la provincia de Buenos Aires: obras de retención y no de desagüe”.
La tesis era sencilla y profunda. Las inundaciones y las sequías no eran fenómenos azarosos sino cíclicos, exacerbados por la acción humana. La deforestación del monte nativo y la eliminación de la vegetación ribereña habían reducido la capacidad de retención e infiltración del suelo. Y la ingeniería hidráulica dominante entonces —empeñada en evacuar el exceso hacia el Río de la Plata mediante canales de drenaje— no resolvía el problema: lo trasladaba aguas abajo y lo empeoraba en las sequías siguientes, ya sin reservas de agua.
Ameghino identificó como factor agravante la deforestación progresiva del monte nativo y la eliminación de la vegetación ribereña, que había reducido la capacidad de retención e infiltración del suelo. Frente a la línea de construcción de canales de desagüe que evacuaran rápidamente el exceso hídrico hacia el Río de la Plata, Ameghino propuso cambiar la orientación: en lugar de canales de desagüe, obras de retención que capturaran el agua de lluvia en pequeños diques, lagunas reguladas y estructuras distribuidas en la cuenca alta y media, complementadas con un programa sistemático de reforestación de la vegetación ribereña y del llamado monte del espinal pampeano. La proposición central —retener el agua donde cae en lugar de evacuarla— anticipa por casi un siglo los principios de la gestión integrada de recursos hídricos y de las soluciones basadas en la naturaleza hoy promovidas por organismos como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
El fenómeno que Ameghino no podía ver
¿Cuál era el fundamento físico de esos ciclos observados empíricamente por Ameghino?
La respuesta la daría la ciencia del siglo XX con un nombre: ENSO, sigla de El Niño-Oscilación del Sur. La alternancia entre fases cálidas (El Niño) y frías (La Niña) de la Oscilación del Sur es el principal regulador del régimen de precipitaciones en la región pampeana. Durante El Niño, el calentamiento anómalo del Pacífico ecuatorial oriental intensifica las lluvias en el este argentino y genera inundaciones. Durante La Niña, la anomalía fría del mismo océano se traduce en sequías prolongadas. El ciclo ENSO tiene una periodicidad irregular de tres a siete años: lo suficientemente regular para que Ameghino percibiera la alternancia, pero lo suficientemente variable para que su causa oceánica fuera inaccesible, sin datos globales que registraran períodos amplios. Ameghino describía el efecto sin poder acceder a la causa. La ciencia climática posterior no refutó su diagnóstico: lo aprobó, lo justificó y lo completó.
El cambio climático amplifica lo que Ameghino temía

El cambio climático antropogénico no inventa las inundaciones ni las sequías en la pampa, intensifica los extremos que el ENSO ya producía. Los modelos científicos proyectan para el sureste de América del Sur un incremento en la variabilidad de las precipitaciones bajo los escenarios de calentamiento intermedios y altos, con mayor frecuencia e intensidad de eventos extremos tanto de exceso como de déficit hídrico.
Los datos recientes no son proyecciones: son hechos. La triple La Niña de 2020-2023 precipitó la crisis hídrica más severa del Paraná en setenta y siete años. Las inundaciones de 2023 en el litoral y el norte bonaerense completaron el ciclo. Una cuenca diseñada para el desagüe rápido puede gestionar el exceso en el corto plazo, pero se queda sin reservas ante la sequía siguiente. El problema no es el agua que sobra, sino el agua que no supimos retener.
“Aquí no hay sobrantes: si hoy nos ahogamos por excesiva abundancia de agua, mañana nos moriremos de sed.”
“Cubrir la llanura bonaerense de represas, estanques y lagunas artificiales combinadas con canales y plantaciones de arboledas en grande escala sería indudablemente una obra más colosal que la proyectada de desagüe simple e ilimitado, pero de resultados benéficos que permitirían un enorme desarrollo de la ganadería y la agricultura, que no estarían ya expuestas a los azares de las inundaciones y las secas y aumentarían de un modo extraordinario el valor de las tierras en beneficio de cada uno y de la comunidad.”
Florentino Ameghino, Las secas y las inundaciones en la Provincia de Buenos Aires, 1884
Mientras hay países que están obligados a vivir de agua de mar desalinizada, los canales de desagüe tiran agua potencialmente potable al mar. Ya los romanos hacían acueductos. Hoy podemos, además, hacer gasoductos y oleoductos. Si tuviéramos lagunas de reservas, éstas serían agua para épocas de sequía o para ser bombeadas a zonas áridas en beneficio de productores agrarios de esas zonas.
Lo que falta y lo que sobra
Ciento cuarenta y dos años después, el modelo de canales de desagüe sigue dominando. La red de canales que Ameghino impugnó se expandió durante todo el siglo XX. La explosión agrícola en tierras marginales aceleró la construcción de drenajes privados sin coordinación sistémica, transfiriendo el exceso entre predios y cuencas con consecuencias que Ameghino hubiera pronosticado.
La ciencia actual no refuta a Ameghino, lo complementa. Hoy podemos advertir que el proyecto de gestión hídrica no puede limitarse a la Provincia de Buenos Aires, debe extenderse a la Cuenca del Plata (3,1 millones de km² entre cinco países). Además, la “reforestación” de Ameghino hoy se debiera ampliar con la restauración de ecosistemas nativos —bosques de talar, espinillares, bañados del espinal pampeano— cuya función incluye captura de carbono y regulación climática local, además de la retención hídrica. Conjuntamente, los humedales —esteros del Iberá, Delta del Paraná, bajos submeridionales bonaerenses— son infraestructuras de retención natural de alta eficiencia y costo nulo de construcción. Muchos fueron drenados y reconvertidos para la producción agropecuaria, con consecuencias que los incendios del Delta de 2020 y 2022 expusieron sin ambigüedad. Otro tema a incluir es la impermeabilización urbana en el Gran Buenos Aires que eliminó la infiltración en las cuencas metropolitanas, que bloqueó con emprendimientos inmobiliarios el drenaje natural de aguas de lluvia, o las construcciones anulando humedales y por consecuencia arrojando el agua hacia zonas más bajas. La infraestructura verde —pavimentos permeables, parques de retención, corredores ribereños en arroyos— es propuesta técnica estandarizada en planificación hídrica internacional. Aquí, sigue siendo excepción.
El problema no es científico
Las herramientas existen: modelos hidrológicos de alta resolución, teledetección satelital de humedales, evaluación de servicios ecosistémicos, planificación integrada de cuencas. El obstáculo no es científico ni técnico. Las obras de desagüe generan contratos tangibles, visibles en una inauguración. La retención y la restauración son intervenciones difusas, de menor costo unitario y retorno a largo plazo, cuyo valor exige contabilizar servicios ecosistémicos que los mercados no registran espontáneamente.
Ciento cuarenta y dos años de política hídrica en sentido contrario al que la ciencia señala —desde Ameghino hasta el presente— no son un problema de anacronismo. Son un error que el cambio climático convierte en una deuda creciente, que se paga en vidas, cosechas, viviendas e infraestructura destruida, en cada inundación y en cada sequía.
Ameghino no necesitaba modelos climáticos para tener razón. Nosotros sí los tenemos, y seguimos sin usarlos. Tal vez haga falta promover a la ciencia y a la tecnología y escuchar sus consejos…
Referencias
- Ameghino, F. (1884). Las secas y las inundaciones en la provincia de Buenos Aires: obras de retención y no de desagüe.
- IPCC (2021). Sixth Assessment Report, Working Group I: The Physical Science Basis. Cambridge University Press.
- Viglizzo, E.F. et al. (2010). Ecological and environmental footprint of 50 years of agricultural expansion in Argentina. Global Change Biology, 17(2), 959-973.
- Nosetto, M.D. et al. (2012). The effects of transitioning from natural ecosystems to agriculture on water balance in central Argentina. Ecohydrology, 5(5), 579-589.
- Barros, V.R. et al. (2015). Climate Change in Argentina: Trends, Projections, Impacts and Adaptation. WIREs Climate Change.
1. Horacio Miccucci
– Director Coordinador del diseño y desarrollo de bases de datos sociales, sanitarios y ambientales del Observatorio Bioquímico de la Salud y del Observatorio Bioquímico Argentino.
– Director Coordinador de áreas Programáticas de BIOSEGA
– Doctor Área Farmacia y Bioquímica de la UBA
– Magister en Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud – UNLa