/Fuente: FABA Informa – Editorial Por Dr. Nicolás Castiglione, Tesorero de FABA./

La Inteligencia Artificial (IA) se ha instalado en el centro de los debates sobre el futuro del trabajo, la educación, la economía y la salud. Sin embargo, reducirla a una simple innovación tecnológica sería insuficiente. Todo indica que nos encontramos frente a una transformación con potencial para modificar la forma en que producimos conocimiento, tomamos decisiones y organizamos nuestras instituciones.
Su importancia trasciende ampliamente el ámbito tecnológico. Involucra aspectos económicos, culturales, éticos y políticos, y plantea interrogantes profundamente humanos acerca de nuestro lugar en un mundo donde ciertas capacidades intelectuales podrían verse complementadas por sistemas capaces de procesar información a velocidades inéditas. Parte de la fascinación y de la incertidumbre que genera radica precisamente en la velocidad de su evolución.
Frente a este fenómeno conviene evitar dos errores: subestimar su impacto o asumir como inevitables escenarios que todavía pertenecen al terreno de las posibilidades. El desafío consiste en comprender el cambio con espíritu crítico, evitando tanto el alarmismo como el entusiasmo acrítico.
Lo que sí parece claro es que la IA ya forma parte de nuestra realidad y que continuará expandiendo sus aplicaciones en prácticamente todos los ámbitos de la actividad humana. La salud no será una excepción.
La posibilidad de analizar grandes volúmenes de datos clínicos, epidemiológicos, genómicos y poblacionales abre perspectivas relevantes para la investigación biomédica, el desarrollo de nuevas terapias, la medicina personalizada, la prevención de enfermedades y la optimización de procesos asistenciales.
IA en el laboratorio clínico
Los laboratorios clínicos generan diariamente una enorme cantidad de información vinculada al estado de salud de las personas. Cada resultado, cada determinación y cada proceso validado constituyen datos que, adecuadamente integrados e interpretados, podrían transformarse en conocimiento de gran valor para la toma de decisiones sanitarias. La IA podría potenciar ese proceso mediante la integración de información, la identificación de patrones complejos, el fortalecimiento de los sistemas de calidad, el desarrollo de modelos predictivos y la optimización de múltiples procesos vinculados al laboratorio clínico. Sin embargo, su verdadero valor no radicaría únicamente en procesar datos, sino en complementar el trabajo profesional. La interpretación clínica, el pensamiento crítico, la comprensión del contexto y la responsabilidad ética continúan siendo atributos inseparables del ejercicio bioquímico.
Esta realidad también invita a reflexionar sobre la evolución de nuestra práctica profesional. Durante décadas, gran parte de los sistemas sanitarios se organizaron alrededor del volumen de prestaciones realizadas. Sin embargo, comienzan a observarse enfoques que procuran evaluar cada vez más el impacto que las intervenciones tienen sobre la salud de las personas y sobre la eficiencia de los sistemas sanitarios.
Bioquímica basada en valor
En ese contexto, conceptos como la Medicina Basada en Valor y la Bioquímica Basada en Valor podrían adquirir una relevancia creciente en los próximos años. Más allá de las denominaciones, estos enfoques proponen que el aporte del laboratorio no se mida únicamente por la cantidad de determinaciones realizadas, sino también por su capacidad para contribuir al diagnóstico oportuno, la prevención de enfermedades, la orientación terapéutica, la mejora de los resultados clínicos y el uso eficiente de los recursos sanitarios. La IA podría transformarse en una herramienta importante para medir resultados, integrar información y aportar evidencia que permita comprender con mayor precisión el impacto real que tiene el laboratorio sobre la salud de las personas. Pero la discusión no termina en la mesada del laboratorio.
Es razonable prever que financiadores, obras sociales, empresas de medicina prepaga, organismos reguladores, prestadores y el propio Estado incorporen progresivamente herramientas similares para analizar información, evaluar desempeños, proyectar escenarios y optimizar procesos de decisión. Como consecuencia, la transformación podría alcanzar a todo el ecosistema sanitario. Las discusiones sobre financiamiento, calidad, cobertura, eficiencia y resultados probablemente estarán cada vez más apoyadas en evidencia e indicadores. Esto podría modificar no sólo la práctica asistencial, sino también las dinámicas institucionales y las relaciones entre los distintos actores del sistema de salud. Por ese motivo, la IA podría impactar tanto en la praxis bioquímica como en la praxis dirigencial.
Las organizaciones profesionales necesitarán desarrollar capacidades para interpretar información estratégica, analizar tendencias, construir indicadores y participar con fundamentos cada vez más sólidos en los ámbitos donde se discuten políticas sanitarias y condiciones de funcionamiento del sistema de salud. La representación profesional seguirá siendo una tarea esencialmente humana, pero podría verse fortalecida por herramientas capaces de aportar evidencia para la planificación, la gestión institucional y la negociación sectorial.
Responsabilidad de las instituciones
Las instituciones bioquímicas tienen una responsabilidad que trasciende la simple incorporación de nuevas tecnologías. Deben promover la capacitación continua, estimular el pensamiento crítico y acompañar a los profesionales en la comprensión de fenómenos que probablemente influirán de manera creciente sobre el ejercicio de la profesión. No resulta casual que los programas de formación dirigencial como el recientemente impulsado por FABA, hayan comenzado a incorporar la IA dentro de sus contenidos. Comprender sus alcances ya no constituye una cuestión reservada a especialistas en tecnología. Se trata de una herramienta cuyo impacto potencial alcanza a la gestión profesional, la planificación estratégica, la negociación sectorial y la construcción de políticas sanitarias.
La historia de la Bioquímica demuestra que hemos sabido adaptarnos a cada revolución científica y tecnológica sin perder nuestra identidad profesional. Probablemente el desafío actual no sea diferente. La IA, por sí sola, no determinará el futuro de nuestra profesión ni de nuestras instituciones. Serán los profesionales, los dirigentes y las organizaciones quienes definan la manera en que estas herramientas sean incorporadas y puestas al servicio de la salud y de la comunidad.
En un mundo donde las máquinas podrían llegar a procesar más información que cualquier individuo, el verdadero diferencial seguirá siendo la capacidad humana de otorgarle sentido, propósito, valores y responsabilidad a ese conocimiento.
Tal vez por eso conserve plena vigencia una reflexión formulada hace décadas por Isaac Asimov: “La ciencia reúne conocimiento más rápido de lo que la sociedad reúne sabiduría”.