La ciencia, los debates y lo que está en juego para Argentina y el mundo

/Fuente: Federación Bioquímica de la Provincia de Buenos Aires /


Calentamiento global y cambio climático antropogénico

Que está en juego en Argentina y en el mundo

Cuando hablamos del “medio ambiente”, nos referimos a la relación entre la naturaleza y la sociedad que la habita. La naturaleza no puede considerarse algo separado de nosotros ni un mero entorno. Somos parte de ella, estamos integrados en ella y, por lo tanto, en constante interacción. Comprender las razones de la contaminación en una zona determinada requiere un estudio del funcionamiento de la sociedad, su economía, sus patrones de comportamiento y su manera de comprender la realidad. Encíclica Laudato Si. Capítulo 4. I. ECOLOGÍA AMBIENTAL, ECONÓMICA Y SOCIAL. Papa Francisco

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Por Horacio Micucci*

A modo de prólogo.

El Sistema Climático es un sistema interconectado: la atmósfera interactúa con el océano en la transferencia mutua de calor y humedad, y los seres vivos (la biosfera) interactúan con la atmósfera mediante el ciclo del carbono. No es lineal: pequeños cambios pueden causar grandes efectos caóticos. Y es termodinámico: hay intercambios de energía y materia. La Tierra busca un equilibrio energético entre la radiación solar recibida y la radiación infrarroja emitida.

Tiene mecanismos de retroalimentación: un cambio en un punto afecta a otro, lo que a su vez refuerza o debilita el cambio original e integra la atmósfera, la hidrosfera, la criosfera, la litosfera superficial y la biosfera. Su estado presente y su trayectoria futura han pasado a ser centrales entre las preocupaciones científicas mundiales, desde mediados del siglo XX, cuando Charles David Keeling comenzó a medir sistemáticamente el dióxido de carbono atmosférico en el Observatorio de Mauna Loa (1958) y documentó una tendencia inequívoca de acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera.

El calentamiento global y el cambio climático no pueden ser ajenos a las ciencias de la salud si estas son enfocadas desde una perspectiva amplia, poblacional, social y ambiental. De epidemiología, medicina social y políticas integradas. Interdisciplinaria, ampliando y solapando los contenidos curriculares en busca de capacidades más amplias y novedosas.

Lo que documentó, en 1958, Charles David Keeling con sus mediciones del dióxido de carbono es una curva que sube sin pausa: entonces eran 315 partes por millón en volumen (ppmv); en 2024 superó las 424 ppmv.

El efecto invernadero y el forzamiento radiativo

La atmósfera terrestre es esencialmente transparente a la radiación solar de onda corta, pero opaca a la radiación infrarroja de onda larga emitida por la superficie terrestre. Este diferencial de transmisividad espectral —el efecto invernadero natural— eleva la temperatura media superficial de la Tierra de aproximadamente −18 °C (temperatura efectiva de cuerpo negro) hasta los +15 °C observados. Sin ese efecto natural, la evolución de la vida, tal como la conocemos, hubiera sido imposible. El problema no es el efecto invernadero en sí: es su amplificación “neoplásica”, acelerada por la actividad humana.

El forzamiento radiativo (FR) cuantifica la perturbación del balance energético del sistema climático inducida por un factor externo o por cambios en la composición atmosférica. Un FR positivo implica un ingreso adicional de energía al sistema —calentamiento—, mientras que un FR negativo implica un déficit energético —enfriamiento—. Desde la era preindustrial, el FR neto positivo, acumulado por las emisiones antropogénicas, demuestra que el CO₂ es responsable del mayor aporte calórico, seguido por el metano y el óxido nitroso.

Ese valor supera ampliamente los factores naturales —variabilidad solar y actividad volcánica— en el mismo período. El argumento de que el sol explica el calentamiento actual es desmentido por los números.

Algunos picos en las mediciones no tienen precedentes en los últimos tres millones de años. Para encontrar concentraciones similares habría que retroceder al Plioceno Medio, cuando el mar era entre 15 y 25 metros más alto. El termómetro del planeta sube, y la causa son ciertos modos de organizar la producción que, lejos de representar a “la humanidad”, comprometen el futuro de todos. Es necesario, como sostenemos en BIOSEGA, un compromiso con la protección ambiental y poblacional. E implica, desde OBIOS-OBA, la búsqueda de datos que permitan ver si esto se refleja en el Proceso Salud-Enfermedad. Y cómo se previene o cura.

Siglo y medio de evidencia acumulada

El problema no es el efecto invernadero en sí: es su amplificación acelerada por la quema de combustibles fósiles, la deforestación y los modos de producción contaminante. Cada tonelada adicional de dióxido de carbono, metano u óxido nitroso actúa como una manta más sobre el planeta, ampliando el calentamiento global.

La hipótesis de que la actividad humana podía alterar el clima global no es nueva. Eunice Newton Foote identificó las propiedades calóricas del CO₂ en 1856. Svante Arrhenius calculó en 1896 que duplicar su concentración elevaría la temperatura global entre 4 y 6 °C —estimación que no dista mucho de los valores actuales del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC): entre 2,5 y 4 °C. Desde la era preindustrial (1850–1900) hasta el período 2011–2020, la temperatura media global subió 1,09 °C. En 2024, por primera vez en la historia, se superó +1,5 °C (el umbral que el Acuerdo de París buscaba no cruzar de forma permanente). El IPCC lo dice con su palabra categórica: la influencia humana en el calentamiento es “inequívoca”.

Señales que no necesitan intérpretes

El nivel del mar subió 20 centímetros entre 1901 y 2018 y hoy asciende a 3,7 milímetros por año, más del doble que el promedio del siglo XX. El hielo marino ártico retrocede un 13% por década. Los glaciares de montaña perdieron 267 gigatoneladas por año entre 2000 y 2019. El océano absorbió el 89% del calentamiento neto del sistema climático y, al absorber también el 26% del CO₂ emitido, se acidifica: su pH bajó de 8,17 a 8,05 desde la era preindustrial (incremento en la concentración de iones de hidrógeno que amenaza la calcificación de corales, moluscos y toda la base de la cadena trófica marina).

En Argentina, el Servicio Meteorológico Nacional documentó un aumento de la temperatura media de 0,5 °C, por década, desde 1960. Y esto modifica la distribución de vectores y la tropicalización de las endemias. La sequía de 2022– 2023 fue la más severa en cincuenta años: pérdidas agrícolas de más de 20.000 millones de dólares. El Paraná alcanzó, en 2021, su nivel más bajo en 77 años. Los glaciares de los Andes Centrales han perdido entre el 50 y el 70% de su masa desde principios del siglo XX, comprometiendo el agua de Cuyo que produce más del 70% de la fruta de exportación del país y abastece ciudades como Mendoza y San Juan. No es una proyección para 2100: está ocurriendo hoy. La Bioseguridad poblacional y ambiental debe ocuparse de esto. El desarrollo de bases de datos que reflejen estos temas tiene que ser objetivo de Observatorios como el OBA-OBIOS.

Debates legítimos y duda fabricada: dos cosas muy distintas

Como en toda ciencia, en la climatología hay debates en las fronteras del avance científico. La magnitud de la sensibilidad climática, el comportamiento de las nubes bajas tropicales, las proyecciones regionales de precipitación, la velocidad a la que podrían activarse los “puntos de inflexión” del sistema, de los cuales podría no haber retorno: todo eso se discute activamente. Esa discusión no debilita la conclusión de que los métodos de producción contaminantes son causa del calentamiento. Al contrario, la robustece al identificar las incertidumbres reales que deben analizarse.

Muy diferente es la “duda fabricada”. Diversos autores documentaron cómo la incertidumbre científica fue amplificada por sectores con intereses económicos. La misma estrategia operó en el caso del ozono: se calificó la hipótesis de Molina y Rowland de “ciencia ficción”. La duda fabricada por encargo no busca la verdad: busca la parálisis que impide las acciones necesarias. Algo similar hemos visto recientemente respecto al cuestionamiento de la vacunación.

Un sistema acoplado: ozono, clima y Argentina

Cambio climático y depleción del ozono no son fenómenos independientes: están acoplados. El CO₂ calienta la troposfera, pero enfría la estratosfera —donde está el ozono—, favoreciendo la formación de las nubes polares estratosféricas donde el cloro destruye el ozono con mayor eficiencia. El cambio climático puede así retrasar la recuperación del escudo ultravioleta. A su vez, el agujero de ozono antártico modifica la circulación atmosférica del hemisferio sur, alterando los regímenes de lluvia en la Patagonia y la región andina. La Gran Barrera de Coral australiana vivió cuatro episodios de blanqueamiento masivo entre 2016 y 2024. El cuarto evento global de blanqueamiento afectó al 60% de los arrecifes del planeta. Cuando se superponen perturbaciones sobre el mismo sistema, los efectos no se suman: se multiplican.

Quién paga la cuenta

América Latina concentra el 40% de la biodiversidad terrestre y emite solo el 8–10% de los gases de efecto invernadero globales. Los glaciares tropicales andinos han perdido entre el 30 y el 50% de su masa desde los años 70. El glaciar Chacaltaya, en Bolivia, desapareció en 2009. En su sector oriental, el Amazonas emite hoy más carbono del que absorbe, señalando el inicio posible de un punto de inflexión con consecuencias directas para la Argentina: la selva actúa como un “río aéreo” que alimenta las precipitaciones de la cuenca del Plata y la región pampeana.

Hay países insulares del Pacífico, que prácticamente no han contribuido al problema, que enfrentan la desaparición de su territorio antes de fin de siglo.

Lo que el ozono enseñó y lo que aún falta

El Protocolo de Montreal de 1987 —con adhesión de 198 países— demostró que la humanidad puede resolver una crisis ambiental de origen industrial cuando hay ciencia fortalecida, compromisos vinculantes y voluntad política real. Sin ese protocolo, la capa de ozono habría caído un 65% para 2065. La catástrofe fue evitada: dos años después del artículo científico que confirmó el agujero, el protocolo estaba firmado.

En el clima, el retraso inducido por décadas de desinformación acumuló emisiones que ya comprometen parte del calentamiento futuro de manera irreversible. La diferencia no es de carencia científica: es de escala de los intereses en juego. Los compuestos fluocarbonados los fabricaban pocas empresas; los combustibles fósiles son el nudo de la geopolítica de hoy. Esa asimetría de poder explica por qué la ciencia sabe y la política no actúa.

La brecha entre lo que la humanidad demostró ser capaz de hacer y lo que está haciendo con el clima no es una brecha de ciencia. Argentina tiene instituciones científicas de reconocimiento internacional como el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas – Universidad Nacional de Cuyo – Gobierno de Mendoza) y el Servicio Meteorológico Nacional. El problema no es de capacidad técnica: es de voluntad política para que ese conocimiento oriente las decisiones en lugar de ser desfinanciado.

1 – Director Coordinador del diseño y desarrollo de bases de datos sociales, sanitarios y ambientales del Observatorio Bioquímico de la Salud y del Observatorio Bioquímico Argentino.
2 – Director Coordinador de áreas Programáticas de BIOSEGA
3 – Doctor Área Farmacia y Bioquímica de la UBA – Magíster en Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud

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